Después de Cienfuegos

Me parece que en un profundo respeto a la presunción de inocencia y el debido proceso, poco se puede decir en este momento respecto de la sustancia de las acusaciones en contra del general Cienfuegos.

Algunos se llaman sorprendidos y otros, se duelen por la falta de una notificación previa. Sin embargo, la cooperación entre las autoridades de los Estados Unidos y las de nuestro país en materia de combate al narcotráfico data desde hace más de tres décadas y ha pasado por diversas etapas e intensidades. 

Lo que llama la atención es el cuestionamiento que viene desde afuera pero sobre todo, la investigación inexistente de este lado del Río Bravo, la incapacidad de ejercer y operar controles y las historias que se venden a las personas, quienes al final las acaban comprando.

Y es claro que no es un tema exclusivo de alguna administración, partido o Presidente en específico. La complicidad del silencio y del "dejar hacer" con el consentimiento tácito de las autoridades nacionales y de los Estados Unidos, imperó por muchísimo tiempo, hasta ahora. Políticos y militares se retiraban de la escena y aseguraban mucho más que su vejez. No eran cuestionados y mucho menos rendían cuentas, en forma alguna, respecto de lo hecho.

Esto no eliminará la colaboración entre países, los mexicanos simplemente, se cuidarán mucho más porque de un vuelo al vecino país del norte, es posible que no regresen.

Cienfuegos llegó a ser condecorado y reconocido por el gobierno norteamericano en su momento. Seguramente tuvo que lavar mucha ropa sucia para ambos lados, el combate al crimen no es un paseo por el parque, eso también pareciera una obviedad que no permite ingenuidad. Si cometió o no, los delitos por los que se le llegue a procesar, se determinará al menos jurídicamente ante una corte de Nueva York.

Hoy, Cienfuegos como García Luna, ya no son un activo, no sirven más. Una vez fuera del sistema, los permisos ilimitados se terminan y el crédito se acaba.

Pero dejando de lado a los individuos, en México no ha habido y no hay indagatorias de esa envergadura que resulten en aprehensiones. Ciertamente, no porque la casa se encuentre limpia sino porque la falta de voluntad política no alcanza hasta allá, por los costos de todo tipo involucrados en ello. El temor periódico al verdugo electoral y el desprecio ciudadano.

Por eso, se prefiere negociar, amagar, romper y generar lealtades, vender y cobrar favores por todos lados. Incluso, sin deber ser así, pareciera que el empoderamiento, enriquecimiento y envilecimiento, son un costo calculado o al menos implícito de tener ciertas instituciones que sirven a todos los intereses, menos al interés público.

Por eso, la pregunta de fondo persiste. ¿hasta cuándo estamos dispuestos a seguir pagando como ciudadanos, como personas, el precio de la corrupción institucional por una fachada de orden que en realidad no existe?

Las ideas, el debate y los conceptos han transformado el rostro de nuestra convivencia. La respuesta por ello, la tenemos todas y todos. 


Marcos J. Perea A.


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